Juan 17, tercera parte: La gloria de Jesús, la unidad de los discípulos

Léase por favor Juan 17:10-26

Mientras hemos atravesado el evangelio de Juan, hemos visto una y otra vez la demonstración de la deidad y a la vez, la humanidad del Señor Jesucristo. Hemos visto ya en nuestro capítulo como Jesús habla de su gloria con el Padre antes que el mundo fuese. Por terminar este capítulo, quiero volver a ver las expresiones tan claras del Señor Jesús que manifiestan su deidad y su persona eterna.

Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío. Acaso nosotros digamos (y ojalá que sea con un entendimiento real) que todo lo mío es tuyo hablando de nuestra salud, fuerza, bienes, inteligencia, y capacidad natural y espiritual. El rey David, terminando su vida y preparando por su hijo Salomón las cosas que eran para la construcción del templo, dijo en oración todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos. Las riquezas y la gloria proceden de ti … Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos. 1 Crónicas 29:11-14 Pero solo Jesús, hijo eterno de Dios, podía decir todo lo tuyo es mío. Si no fuera divino, este dicho hubiera sido una blasfemia. En su dicho aquí, vemos la unidad entre Padre e Hijo. ¿Podemos entenderlo? No, realmente es mas allá de nuestro entendimiento, pero lo aceptamos por fe, pues la palabra nos lo dice. Un amigo me lo ha explicado así; Tratamos de explicar la trinidad con algo que entendemos, diciendo cosas como ‘es como un huevo de tres partes’. Pero no se puede, pues no es ‘como’ cualquier otra cosa.

Porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Aquí vemos la relación eterna que había entre el Padre y el Hijo. Ha habido tropiezo sobre el verso de Salmo 2:7 y citado dos veces en Hebreos, 1:5 y 5:5; Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; Yo te engendré hoy. Este verso, como Hebreos desarrolla con mucha elocuencia, habla de Jesús en su encarnación como hijo de hombre. Debemos estar claros que, entre el verso de nuestro capítulo y todos los sentimientos expresados en las cartas de Juan, se revela que Jesús era siempre Hijo de Dios desde la eternidad pasada, o como se expresa aquí desde antes de la fundación del mundo. Siempre era Hijo de Dios; no siempre era hijo del hombre.

Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. ¿Podemos equivocar por quienes el Señor rogaba en este versículo? ¿No será usted y yo, querido lector, si realmente usted es uno de los suyos? Que hemos fracasado en la manifestación de la unidad del cuerpo de Cristo (algo desarrollado por el apóstol Pablo en 1 Corintios y otras epístolas) no se niega; pero de todos modos, la realidad que nosotros practicamos todos los domingos es eso, que en el un solo pan en la mesa vemos todos los creyentes sobre la faz de la tierra. Somos un cuerpo; así la enseñanza de Pablo en 1 Corintios 10:16-17, introducido aquí pero desarrollado después del bautismo del Espíritu Santo unos cincuenta días después de la resurrección de Cristo. El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan.

Quiero terminar este estudio mencionando una historia que nos ayuda con la idea de un entendimiento pequeño de las glorias o excelencias del Señor Jesús. Otros, mas dotados que yo, pueden explicar las diversas glorias del Señor y profundizar el tema de su gloria eterna y sus glorias adquiridas. Pero ustedes que me conocen ya saben, me gusta usar historias para dar una idea que a veces nos dificulta captar. Así una ilustración de gloria adquirida sigue.

En los años justo antes de la segunda guerra mundial, había un rey de Inglaterra, Eduardo el Octavo, quiso casarse con una mujer divorciada, cosa que la Iglesia de Inglaterra no permitía en aquel entonces. Por lograrlo, renunció su trono y todos sus beneficios, dejando el trono a su hermano menor, Alberto, (llamado Jorge el Sexto en su reino). Eduardo era extrovertido, elocuente, guapo, y de todo parecía rey. Alberto era introvertido, menos guapo, y tartamudo. No quería ser el rey y le era muy difícil tomar este puesto, especialmente en vista de la situación global de los antecedentes de la guerra mundial que sucedía. Pero lo hacía porque era su deber. Lo que quiero destacar es eso que su pueblo estaba lento de recibirlo y reconocerlo por su aspecto, que no era “real.” Pero, lo que sucedió después cambió su parecer. Con mucha lucha podía conquistar su lengua tartamuda y hablaba a su pueblo durante su noche oscura y sola, con todo el mundo vencido por los alemanes e Inglaterra casi a sus rodillas por las bombas cada noche por meses enteras. Alberto tenía una gloria esencial por su nacimiento en la familia real; en esta etapa, el rey ganaba una gloria adquirida; quedaba en Londres con su esposa, sufriendo con su pueblo sus privaciones y peligros. Todo lo anterior de su carácter fue olvidado en visto de su comportamiento en estos años de peligro y desesperación. Su pueblo lo amaba por su gloria adquirida.

El Señor Jesús tenía gloria eterna con el Padre, glorias esenciales de su persona, como hemos visto en este capítulo. Pero también tiene glorias adquiridas por su humanidad, glorias que comparte con nosotros. Terminamos citando este verso precioso; Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo.

Felipe Fournier
10 diciembre de 2023