Léase por favor Hebreos 5:1-10
Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados…
El tema del sacerdocio de Cristo es desarrollado en varias ocasiones en la carta a los Hebreos. En verdad, los versos 14 y 15 del capítulo anterior nos presentan al Pontífice Jesús, Hijo de Dios. Ahora el apóstol nos presenta las calificaciones del Señor Jesucristo, las cuales son mucho más extensas que las de Aarón.
La primera calificación es: tomado de entre los hombres.
La prueba de esto en el Señor Jesús está en el verso 5, con la cita del Salmo 2, donde se introduce su encarnación: Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy.
Como hemos notado antes, este verso no enseña que Cristo llegó a ser el Hijo en aquel día cuando nació, sino que llegó a ser Hijo del Hombre, algo que nunca había sido antes. Era y es el Hijo eterno de Dios. Al nacer en Belén, de la tribu de Judá, aprendemos en el capítulo 7, verso 14, que Jesús no pudo ser sacerdote según el orden de Aarón. La profecía del Salmo 110 nos introduce entonces a otro orden sacerdotal: el orden de Melquisedec. Cristo tuvo que hacerse hombre para poder simpatizar con las debilidades humanas, sus afanes y sus sufrimientos. No tenemos evidencia de que sufriera enfermedad, pero sí anduvo entre los enfermos y experimentó compasión por los sufrimientos de los enfermos y de los débiles. ¿Cuántas veces leemos: Jesús tuvo compasión…
?
La segunda cosa necesaria era ser constituido a favor de los hombres
y, por supuesto, tenía que ser Dios quien así lo constituyera. El verso 4 nos dice que Aarón fue llamado o constituido por Dios, y así también Cristo, quien no se constituyó a sí mismo. Este tema, como hemos notado, se desarrolla más ampliamente en el capítulo 7, enseñándonos acerca del orden de Melquisedec.
La tercera cosa que vemos son las ofrendas que cada sacerdote necesitaba ofrecer. Eran de dos tipos: ofrendas y sacrificios por los pecados.
Las ofrendas serían los sacrificios voluntarios de los primeros capítulos de Levítico: el holocausto, la oblación (ofrenda de harina) y la ofrenda de paz. Después leemos de las ofrendas necesarias por el pecado. Los sacerdotes de la antigüedad, todos según el orden de Aarón, tenían que ofrecer primero por sí mismos, pues sin excepción todos ellos también eran pecadores con necesidad de un sacrificio. Cristo, muy superior a Aarón y a todos los demás de su orden, siendo sin pecado, podía ofrecerse a sí mismo como sacrificio: tanto del lado de Dios, como las ofrendas, como a favor de los pecadores, como los sacrificios.
Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte…
Quizá pensamos en el jardín de Getsemaní y en las súplicas y lágrimas, como grandes gotas de sangre. Puede ser que el pasaje hable de eso, pero hay algo importante que no se entiende muy bien en la traducción Reina-Valera, ni tampoco en la KJV en inglés. La idea no es librarle de morir, pues vino precisamente para eso y fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2:8). La traducción de J. N. Darby dice sacarlo de la muerte.
En otras palabras, la oración de Jesús era acerca de su resurrección de entre los muertos. Fue oído a causa de su temor reverente
nos dice que Dios escuchó su oración y lo levantó de entre los muertos.
Algunos han tenido dificultades con el verso que sigue: Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia…
Pienso que vemos una ilustración de esto en la profecía de Isaías 50: Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios.
Como Dios, nunca tuvo que despertar mañana tras mañana para escuchar las instrucciones de unos padres humanos. Sin embargo, como hombre, aprendía esta obediencia de una manera práctica.
Leemos en Lucas 2:48-51 acerca del evento en Jerusalén, en el templo, donde José y María lo dejaron por descuido. Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? Mas ellos no entendieron las palabras que les habló. Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos.
Nos parece raro que María hablara así, sabiendo que la concepción de Jesús no había incluido nada de José, sino que fue por obra del Espíritu Santo. Pero aun en esto vemos al joven Jesús caminando en obediencia a su Padre Dios y también a sus padres terrenales, pues estaba sujeto a ellos
, aunque ellos no entendían los negocios del Padre en los cielos.
Y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.
No era que alguna vez le hubiera faltado santidad. La perfección aquí habla de su vida de obediencia, de su muerte en obediencia, del derramamiento de su sangre y de su resurrección de entre los muertos. Todo esto servía para hacerlo autor de eterna salvación y, además, ¡un sacerdote mucho mejor que Aarón!
Felipe Fournier
2 de agosto de 2026