Hebreos 6, segunda parte: Ánimo a los verdaderos cristianos hebreos

Léase por favor Hebreos 6:9-20

En el estudio anterior, terminamos con la ilustración de la tierra buena y la tierra mala, tierra destinada finalmente al incendio. Sin embargo, el apóstol no quiere que piensen que se está refiriendo a la mayoría de ellos, como vemos en el versículo con que empezamos: Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así.

Al decir esto, aseguró a sus lectores que, al lanzar su advertencia sobre la apostasía, de ninguna manera estaba poniendo en duda la realidad de su conversión. Estaba convencido de que un labor genuina de Dios obraba en ellos y, al decir pero … amados…, los distinguía de aquellos entre ellos que pudieran llegar a apostatar. El apóstol les habla con un ferviente deseo de que avancen en su carrera de servir al Señor, como ya habían comenzado con energía, según el versículo 10, con fe y paciencia. Necesitaban paciencia porque había obstáculos, desafíos y persecución que hacían sus vidas difíciles.

Los versículos que terminan el capítulo están llenos de palabras claves que aseguran lo que llamamos “la seguridad eterna del creyente”. Son importantes porque refutan la idea de los que sugieren que las cinco amonestaciones contra la apostasía que encontramos en nuestro libro, en el fondo, enseñan que una persona salva puede finalmente perderse. Los que así enseñan tienen miedo de que la seguridad eterna y su enseñanza puedan provocar libertinaje y una vida descuidada. Pero la verdad es que lo que nos mantiene en el camino no es el miedo de perderse por fin, sino la gracia de Dios. La gracia de Dios … enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo… Tito 2:12-13.

El apóstol usa a Abraham como un ejemplo de continuar con paciencia. El llamamiento de Abram comenzó en Ur de los Caldeos, y no sabemos con certeza qué edad tenía Abram en aquel entonces. Pero sí sabemos que Dios le prometió una nación y que sería una bendición.

Después de la muerte de su padre, al partir de Harán, Jehová volvió a aparecer a Abram y le prometió descendencia: Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Génesis 12:7.

Sabemos que Abram llegó a desesperarse y escuchó la voz de su esposa para tener un hijo por medio de Agar, pero Ismael no iba a ser el heredero de la promesa. Por fin nació el hijo prometido, Isaac, de su madre Sara. Entonces Dios puso a prueba a Abraham de nuevo, diciéndole que sacrificara a su hijo amado sobre un altar. Por la fe y obediencia demostradas en aquel acto, Dios confirmó su promesa con un juramento, y Abraham recibió a Isaac como si lo hubiera recibido de entre los muertos. Hebreos nos dice que Abraham alcanzó la promesa”.

¿Qué hacemos entonces con Hebreos 11, donde dice: Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido…? Lo que faltaba era la herencia completa. La promesa de un hijo fue alcanzada; pero todavía quedaba por cumplirse plenamente la promesa relacionada con la tierra y con su descendencia. Podemos decir que, hasta el día de hoy, todavía hace falta la herencia completa, aunque vemos unos ocho millones de judíos viviendo en aquella tierra, con su propia bandera y su propio nombre. Sin embargo, hasta que reconozcan a su Mesías, el Señor Jesús, no están seguros en aquella tierra, pues los árabes afirman que les pertenece. Así, vemos que la promesa de Dios incluía la descendencia de Abraham, y que el juramento de Dios confirmaba la certeza de aquello que había prometido.

Volviendo a la ilustración de la certeza de la salvación de los creyentes en Jesús, el apóstol afirma que los creyentes en Jesús también tenemos tanto promesas como juramentos. Dios no puede mentir, y por eso su promesa es suficiente. Pero la prueba de fe que Abraham enfrentó fue muy fuerte, y así Dios añadió su juramento.

¿Cuáles son entonces las implicaciones para los creyentes en Jesús acerca de nuestra herencia celestial? Podemos señalar cuatro cosas destacadas que el apóstol presenta.

Primero, hay una alusión a las ciudades de refugio, adonde podía acudir el que había cometido un homicidio involuntario, es decir, accidental. Hebreos dice: tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros… La persona que había huido a una ciudad de refugio podía permanecer allí segura hasta la muerte del sumo sacerdote. Pero nuestro Sumo Sacerdote, Jesús, vive para siempre.

Segundo, tenemos un ancla ya puesta dentro del velo, pues nuestro Jesús ya está en aquel lugar, ocupando un puesto de eterno honor.

Tercero, tenemos a Cristo como nuestro precursor. Esta palabra es un término naval, y la explicaré enseguida.

Por fin, tenemos un Sacerdote eterno, según el orden de Melquisedec, mucho mejor que Aarón. Dado que la bendición de Dios para los redimidos será eterna y que la adoración que estos le ofrecerán también será eterna, se requiere un Sacerdote que administre estas cosas de parte de Dios y delante de Él eternamente. Esto es precisamente lo que tenemos en el sacerdocio de Cristo.

Debo al hermano Jim Hyland esta ilustración. Él ya está con el Señor desde hace varios años. Falleció de cáncer siendo bastante joven, pero nos enseñaba y desarrollaba las Escrituras de una manera sencilla.

El precursor era una especie de lancha que se utilizaba para ayudar a un barco a entrar en el puerto. Cuando el barco llegaba a su puerto con la marea baja, no podía entrar porque corría el riesgo de quedar atrapado en el fondo. Pero la lancha, llevando el ancla, podía entrar dentro del velo y colocar allí el ancla, conectando así, por medio de su cadena o cuerda, el barco con el puerto. Después, el barco solamente tenía que esperar con paciencia la subida de la marea para poder pasar dentro, sin la menor duda de que finalmente iba a entrar.

Así también, nuestro Precursor, Cristo, ya ha entrado en el cielo, colocando allí el ancla. Y por medio del Espíritu Santo, que mora en nosotros, tenemos aquello que nos une con nuestro Sumo Sacerdote que ya está en el cielo. Con tanta certeza, ¿hay posibilidad de que finalmente nos perdamos? ¡Imposible!

Felipe Fournier
16 de agosto de 2026


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