Léase por favor Mateo 11:1-19
Juan Bautista había sido un mensajero fiel. El liderazgo judío, cuando les interesaba y les convenia, tenían mucha influencia con los gobernantes de su nación, incluso con Herodes que era apuntado por los romanos como tetrarca. Pero no les interesaba interceder por Juan Bautista, pues no estaban de acuerdo con su mensaje de la necesidad de arrepentimiento personal. Se veían como justos delante de Dios; ¿para qué, entonces, escuchar este molestoso y fastidioso hombre que insistía que les ocupaban arrepentirse? Dijeron en el verso 18 Demonio tiene
, así ignorando por complete su mensaje. Además, no intercedían por Juan con Herodes, aunque bien sabían que era inocente de cualquier crimen. Así vemos la decepción de Juan, encarcelado injustamente. Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos, para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?
Juan, quien había dado tan fuerte testimonio de Jesús, hasta decir dos veces frente toda la nación He aquí el Cordero de Dios…
(Juan 1:29, 36) ahora pregunta tal cosa.
Acaso sorprendamos de oír tal cosa de Juan Bautista, si no fuera por conocer nuestros propios corazones. ¿Cuántas veces, al pasar alguna desgracia en nuestras vidas, hemos preguntado, acaso sin decirlo en voz alta, si Dios de veras nos ama? Juan había anunciado fielmente que el Mesías venia. Había hablado de la cercanía del reino y así esperaba ver los resultados de una vez y eso incluía la liberación del poder de los romanos. ¿Cómo pues, estaba él encarcelado por un poder de los extranjeros y conquistadores de la nación? La decepción y la desgracia había desanimado el corazón de Juan Bautista y acaso nosotros entendemos su desanimo.
Jesús no contestaba a Juan con palabras fuertes acerca de la falta de su fe. No le dijo “pues por supuesto soy yo el Mesías, Hijo de David e Hijo de Dios.” Seguía con sus obras de compasión que eran a la vez la fuerte prueba de quien era. Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio.
Todas estas obras de poder y compasión probaban indiscutiblemente su deidad y persona como Mesías de Israel. Juan iba a disfrutar, estando aun encarcelado y por fin martirizado, de la bienaventuranza de haber conocido el Mesías como amigo del Novio, por aceptar por fe a Jesús, aunque el reino y sus bendiciones fueran postergados. Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí.
Es una palabra por nosotros en este mismo día de la gracia, aunque nuestro Señor es aun rechazado y menospreciado en el mundo de hoy. Puede ser que pasemos por pruebas fuertes en esta vida; que el Señor nos otorgue que no seamos ofendido o tropezados en él.
espués el Señor verificaba y testificaba de la veracidad del mensaje de Juan Bautista. No era una caña sacudida por el viento
, moviéndose cada vez ante la terquedad de los lideres. Había seguido fielmente, sin vacilar, hasta pagar por su firmeza por fin con su vida. Tampoco había sido uno, como muchos lideres religiosos de hoy en día, que disfrutaba de una vida de lujo. Se negaba a si mismo por no perjudicar el valor de su testimonio. ¡Cuantos predicadores de la profesión cristiana podrían aprender del ejemplo de Juan Bautista! Sin embargo, ya que Juan no puede dar testimonio, Jesús da testimonio de Juan. Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista.
De los profetas de la época de la ley, el mayor de ellos era Juan Bautista. Él había venido en el espíritu y poder de Elías. No era Elías reencarnado (no hay tal cosa como reencarnación según la Biblia) sino había venido con el mismo mensaje y con el mismo espíritu. Elías había llamado al pueblo al arrepentimiento con una voz fuerte, trayendo hambre fuerte por detener la lluvia por más de tres años. Juan Bautista hablaba de el hacha de juicio que venía sobre el árbol de la nación. La nación no escuchaba a Elías, y tampoco a Juan. Pero Jesús prometía que venia el reino en forma misterioso a pesar de la incredulidad de la nación, y los que lo recibían iban a ser en posición más elevada que cualquier profeta de la época de la ley. pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.
Sin embargo, la oposición iba a continuar y para entrar en aquel reino, era necesario violencia.
(El apóstol Pablo nos lo explica en forma mas detallada en Efesios 6; Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino … contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.
) La violencia que se habla es espiritual, no violencia física, y habla de superar los obstáculos para entrar en el reino.
Jesús termina su defensa de Juan Bautista explicando la terquedad de la generación perversa. Vino Juan con un mensaje severo de juicio pendiente, como una lamentación. Le acusaron de tener demonio. Vino Jesucristo con un mensaje de pura gracia y bondad, perdonando las iniquidades de los arrepentidos y curando sus enfermedades, comiendo con los publicanos, y tampoco le respondieron a él. Le acusaron de ser un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores.
Pero gracias a Dios, había un remanente entre la compañía de publicanos y pecadores, que ellos menospreciaron, que eran los hijos de sabiduría. ¡Quiera Dios que todos mis lectores también se encuentren entre este grupo que justifican a Dios antes que a si mismo!
Felipe Fournier
18 mayo de 2025